El Perdón es Sanador

Perdón
Había una vez un hombre que vivía en un pueblito y que se ofendía fácilmente. Si alguien olvidaba su cumpleaños o no lo felicitaba por su nuevo corte de pelo, él sentía resentimiento hacia el ofensor. El hombre era súper sensible. Salía con un anotador. Cada vez que alguien lo ofendía, él lo anotaba en el cuadernito. Cuando le pedían disculpas, el perdonaba y tachaba su anotación, hacía un esfuerzo por olvidar la ofensa y dejar de lado su rencor.
Al principio era un individuo bien intencionado y decente. En general, era muy querido y feliz. Pero, a medida que pasaban los años, había menos gente hacia la que no sintiera resentimiento. También se volvió más egoísta. Sólo pensaba en sí mismo. En lo que él sentía, lo que necesitaba y lo que quería. Se puso muy negativo y escéptico. Puso en duda las intenciones de la gente y buscó ofensas donde no había ninguna intención de ofender. Comenzó a replegarse en sí mismo. Se volvió muy solitario. A medida que se hizo más solitario, se volvió más negativo.
Una noche, sintió que ya era demasiado. No soportaba la insensibilidad y grosería de sus vecinos. Decidió escribir una carta a cada persona apuntada en su anotador que no había sido tachada recordándole la ofensa y la fecha en la que había sucedido. Algunas personas recibían largas listas de ofensas en sus cartas. Para finalizar cada carta, él hombre que se ofendía fácilmente, solicitaba amablemente que se acercaran a disculparse. Sintiéndose un poco mejor y en la oscuridad de la noche, caminó hacia el correo del pueblo y dejó las cartas para ser entregadas al día siguiente.
Durmió mejor que nunca. Muy temprano lo despertó alguien que llamaba a su puerta. Se puso las pantuflas, sacó su anotador listo para tomar nota de quién lo estaba molestando.
En la puerta, estaba la abuelita del pueblo. Ella figuraba en el anotador con una sola ofensa, no le había sonreído en un negocio. Le dijo que no sabía que lo había ofendido y que lo lamentaba mucho, le entregó unas galletas recién horneadas como gesto de reconciliación. Cuando notó que él estaba en pijama le pidió disculpas por despertarlo. Dijo que estaba tan angustiada por pensar que él estaba ofendido, que no puedo esperar para disculparse.
El hombre que se ofendía fácilmente decidió perdonarla por las dos cosas. Se sintió feliz por tener alguien en el pueblo con quien ser amistoso. Finalmente, alguien con quien no estuviera resentido. Una vez que la abuelita se fue, el cartero llamó a su puerta. El cartero le dijo que no se había dado cuenta de haberlo ofendido. Le pidió disculpas, y así siguió la historia con cada habitante del pueblo.
No se habían dado cuenta de que lo habían ofendido. No se habían dado cuenta de que él llevaba un registro y guardaba rencor. Todos querían ser perdonados por sus errores, debilidades, y el descuido. El hombre que se ofendía con facilidad había vivido la mayor parte de su vida en la negatividad y la soledad. ¿Por qué? Debido a que tenía rencores y esperaba que la gente le pidiera disculpas para perdonarlos.
El hombre que se ofendía con facilidad no se había dado cuenta de que el perdón es sanador, que trae paz y felicidad a la persona que perdona a los demás.
Perdonar libera, y permite utilizar la energía en cosas constructivas en lugar de malgastarla abrigando resentimiento. También permite ser más humano con los demás y con uno mismo, a partir de la comprensión y el abandono de la exigencia y el juicio rígido sobre los demás.

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