Aceptar los cambios

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La vida fluye, es dinámica. Los cambios suceden todo el tiempo. Algunas veces son graduales no los notamos, los incorporamos de a poco. Otras no tanto.

En cualquier caso, el cambio es parte de la naturaleza, es inevitable, es sano, es bueno.

Muchas veces los cambios nos generan angustia, tristeza o incertidumbre. Ante lo irreparable quisiéramos que todo vuelva a estar como antes, ante lo que se modificó buscamos entender qué debiéramos haber hecho para que no sucediera. Nos aferramos a las cosas como son. Eso genera dolor, y estrés.

¿Cómo podemos hacer para que los cambios no nos afecten de manera negativa?, ¿cómo podemos lograr transitar el cambio como una oportunidad e incorporarlo como un aprendizaje permanente?. Te propongo un enfoque en tres planos: dejar atrás lo pasado, aceptar la incertidumbre y recibir lo nuevo.

Dejar atrás lo pasado

Todo el tiempo estamos enfrentándonos con distintos tipos de finales; sin embargo, no nos habituamos, como si cada vez fuera la primera. Sea porque los tomamos muy seriamente o, por el contrario, porque los tomamos muy a la ligera, no estamos nunca bien preparados para dejar ir algo. El cambio siempre nos toma por sorpresa, hasta aquel que fue planeado, porque nunca termina siendo lo que creímos. Nos falta perspectiva para darnos cuenta de que, en realidad, estamos dejando algo para aprender y ganar otra cosa.

Una parte clave de evolucionar es estar dispuestos a no saber adónde vamos. Esa transición genera incertidumbre y vacío. El período de tiempo que se pasa en ese lugar “incómodo” varía de persona a persona. Depende de muchas cosas: su tolerancia al estar sin rumbo, su capacidad de darse por vencida, su susceptibilidad y vulnerabilidad a las presiones económicas, sociales y de la familia y, finalmente, su propio manejo del tiempo. Pero, como sea, hay que pasarlo y despedirse de lo que ya fue, del momento, lugar, persona, vínculo u objeto  que estamos abandonando o que nos abandona. Es el momento del duelo.

Es necesario transitarlo y experimentarlo, es hasta sano, parte del proceso de aceptación.

Aceptar la incertidumbre 

La mejor actitud ante esta “zona neutral” sería decir: “Acepto lo que venga”. Ya no elegimos lo viejo, lo conocido, sino que nos situamos en el aquí y ahora. Nos abrimos a lo que sucede en este instante: abrazamos lo que está por comenzar justo en el límite con el presente. Es un momento ideal para improvisar, para dejar de exigirse y probar, aunque fallemos y aunque nos sintamos desorientados.

En este momento conviene enfocarse en la idea de transitoriedad de la situación y en el porvenir como oportunidad para mejorar y extraer todos los aspectos positivos de la nueva etapa.

Es el instante justo para buscar en esta experiencia su potencial mensaje. Hay un aprendizaje, nada es gratuito. Pensar: “Lo que sucedió tuvo un especial significado para mí, para mi momento vital. Tengo que descubrir qué es, capitalizar la experiencia”. Este momento o “zona neutral” puede tomarse como un impasse, el momento transicional entre la vieja experiencia y la nueva. Entonces debemos aprovecharlo para  descansar, cuidarnos, y cargar energía.

Recibir lo nuevo

Para detectar dónde algo empieza, a veces hay que estar muy alerta. Los comienzos suelen ser poco impresionantes (los finales suelen ser más de película, más espectaculares), pero son un hito en nuestra vida.

En este nuevo comienzo todo está por verse. Todo puede suceder. Y nosotros venimos de una experiencia transformadora: sobrevivimos a un cambio, hicimos el duelo por lo que perdimos, soportamos estoicamente un tiempo de “la nada misma”, nos encontramos con nuestros miedos, los superamos y aprendimos por el mismo hecho de transitar el proceso.

Lo que hay que tener en cuenta es que nada en nuestra existencia es tan prolijo como cambio/zona neutral/nuevo comienzo. Es necesario aceptar el hecho de que las tres etapas de la transición pueden vivirse en simultáneo: son como pequeños círculos que se van repitiendo, conviviendo. Mientras algo está empezando, algo puede estar, al mismo tiempo, cambiando y, a la vez, puedo estar procesando lo que dejé ir. De este modo, no sólo atravesamos este proceso sin sufrir por demás, sino que también lo capitalizamos y empezamos a disfrutar más de cada momento presente, sea lo que fuera que éste traiga.

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